La trampa de la felicidad

La felicidad es una trampa diseñada por cobardes para cobardes.

No hablo de la felicidad como momento: ese relámpago que a veces atraviesa una vida difícil y la ilumina brevemente. Hablo de la felicidad como proyecto, como derecho, como métrica del éxito existencial. Esa felicidad es una jaula. Y las tres tradiciones que dominan el imaginario moderno, el utilitarismo anglosajón, la ética protestante, el idealismo alemán, son los tres barrotes principales.

La base espiritual y filosófica de la trampa

Bentham quiso reducir la vida a cálculo: maximizar placer, minimizar dolor. La vida buena como contabilidad hedónica. Pero quien optimiza el placer ya ha capitulado; ha aceptado que el fin de la existencia es sentirse bien, no ser algo, no crear algo, no luchar por algo. El utilitarismo es la filosofía perfecta para el último hombre de Nietzsche: ese que parpadea, que ha inventado la felicidad, que no entiende por qué alguien querría sufrir por una idea.

La ética protestante perfeccionó la trampa. Ya no se trataba solo de calcular placeres: ahora la felicidad era signo de salvación. Weber lo vio con claridad: el calvinista, aterrado por la predestinación, buscaba en su prosperidad y bienestar la prueba de que Dios lo había elegido. El sufrimiento dejó de ser misterio o prueba para convertirse en sospecha: de pecado, de condenación, de defecto moral. Si no eres feliz, algo hiciste mal. Si no prosperas, Dios te ha abandonado. La víctima se convierte en culpable de su desgracia.

El idealismo alemán merece más atención porque su trampa es más sofisticada, más difícil de detectar. Bentham es burdo: suma placeres, resta dolores, el resultado es tu vida. El protestantismo es transparente en su crueldad: si sufres, Dios te ha abandonado. Pero Hegel ofrece algo más seductor: sentido. Tu sufrimiento no es castigo ni error de cálculo, es momento necesario del despliegue del Espíritu. Tiene significado. Está yendo a algún lugar.

La dialéctica hegeliana es una máquina de digestión universal. Toda negación queda subsumida en la síntesis. Todo conflicto se revela como etapa hacia la reconciliación. La historia avanza, el Espíritu se realiza, y al final, siempre al final, siempre en el horizonte, espera la totalidad reconciliada donde toda contradicción se resuelve. El sufrimiento presente queda justificado por el futuro que prepara. No sufres en vano: sufres para que la historia avance.

¿Ves la trampa? Es la felicidad diferida elevada a sistema metafísico. No eres feliz ahora, pero tu infelicidad tiene razón de ser. Está trabajando para algo. El malestar se convierte en inversión cósmica. Y así como el protestante no puede simplemente sufrir sin culpa, el hegeliano no puede simplemente sufrir sin sentido. Todo debe significar. Todo debe contribuir. La idea de un sufrimiento que no va a ningún lugar, que no prepara ninguna síntesis, que simplemente es, eso es lo impensable.

Marx heredó esta estructura aunque la invirtió. Ya no es el Espíritu sino la materia, ya no es la Idea sino la economía, pero la forma es idéntica: la historia avanza hacia su reconciliación final, el comunismo como síntesis donde las contradicciones de clase se resuelven. El sufrimiento del proletariado no es absurdo: es el motor de la historia, la negación que prepara la negación de la negación. Otra vez: tu dolor tiene sentido porque construye el futuro. Aguanta. La revolución viene.

No niego que este movimiento haya producido cosas reales: revoluciones, transformaciones, historia efectiva. Pero también produjo una forma específica de ceguera: la incapacidad de pensar el sufrimiento sin teleología. El idealismo nos legó la compulsión de justificar. Si duele, debe ser por algo. Si no encuentras el por qué, busca más. La posibilidad de que el dolor sea simplemente parte de la textura de estar vivo, sin redención ni síntesis ni sentido ulterior, esa posibilidad quedó bloqueada.

Y aquí converge con la cultura terapéutica contemporánea de una manera que rara vez se nota. El coaching, la psicología positiva, el discurso del crecimiento personal: todo esto es hegelianismo degradado, Hegel para consumidores. "Todo pasa por algo." "Los obstáculos son oportunidades." "Lo que no te mata te hace más fuerte." Es la dialéctica convertida en poster motivacional. La síntesis ya no es el Espíritu absoluto ni la sociedad sin clases: es tu mejor versión, tu yo optimizado, el futuro tú que mira hacia atrás y agradece los momentos difíciles porque te trajeron hasta aquí.

Esta es la trampa más insidiosa porque se disfraza de profundidad. El utilitarismo es superficial y lo sabe. El protestantismo es brutal y no lo esconde. Pero el idealismo ofrece sentido, narrativa, la sensación de que tu vida va hacia algún lugar. Y a cambio solo pide una cosa: que nunca te detengas en el sufrimiento presente como si fuera suficiente en sí mismo. Que siempre mires hacia adelante, hacia la síntesis que justifica todo. Que conviertas tu vida en historia con moraleja.

Tres tradiciones, una misma operación: convertir la infelicidad en error. Error de cálculo, error moral, error de comprensión. Nunca en respuesta legítima. Nunca en lucidez.

Brave New World, no 1984

Pero Huxley vio más lejos que todos. En el Mundo Feliz, la represión no opera contra la felicidad sino mediante ella. No necesitas policía cuando tienes soma. No necesitas censura cuando el malestar mismo se ha vuelto impensable, obsceno, patológico. Orwell temía que prohibieran los libros; Huxley temía que nadie quisiera leerlos. Orwell temía el dolor como instrumento de control; Huxley entendió que el placer era más eficiente.

Y aquí estamos. No en 1984 sino en el Mundo Feliz. Nadie te prohíbe ser infeliz, pero si lo eres, estás enfermo. Nadie te obliga a sonreír, pero si no sonríes, eres tóxico, negativo, alguien a quien hay que evitar o reparar. La felicidad obligatoria no necesita decreto: se impone como norma terapéutica, como expectativa social, como condición de empleabilidad. "¿Cómo estás?" solo admite una respuesta. Decir "mal" es ya una transgresión menor; decir "no busco estar bien" es herejía completa.

El hereje contemporáneo no es quien sufre: ese es recuperable, medicalizable, optimizable. El hereje es quien rechaza la premisa. Quien dice: no quiero ser feliz. Quiero crear. Quiero luchar. Quiero que mi vida signifique algo aunque duela. Ese sujeto escapa a la captura porque no desea lo que el sistema ofrece. No se le puede sobornar con bienestar. No se le puede amenazar con malestar. Es, en el sentido más preciso, ingobernable.

Una visión austriaco-alemana

Nietzsche lo diagnosticó antes que nadie. "El hombre no aspira a la felicidad; solo el inglés hace eso." No era un chiste: era un bisturí. El utilitarismo anglosajón: Bentham, Mill, toda esa tradición de tenderos del alma, había convertido la vida en gestión de sensaciones. Maximizar placer. Minimizar dolor. La existencia como balance contable. Nietzsche veía en esto el síntoma terminal de una civilización que había perdido el apetito por la grandeza.

El último hombre es el retrato perfecto de nuestra época. Ha inventado la felicidad y parpadea. No crea, no arriesga, no sufre por nada que valga la pena. Tiene entretenimiento infinito, comodidad sin precedentes, una vida optimizada para el mínimo roce con lo difícil. Y sin embargo, o precisamente por eso, es el ser más despreciable que Nietzsche pudo imaginar. No porque sufra, sino porque ha eliminado todo aquello por lo que valdría la pena sufrir.

Contra esto, Nietzsche no propone el dolor por el dolor, eso sería otra estupidez, masoquismo invertido. Propone algo más radical: amor fati. Amar tu destino. No desear que las cosas sean distintas, más fáciles, más placenteras. Querer exactamente lo que es, incluyendo el conflicto, la lucha, el fracaso. No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque una vida sin resistencia es una vida sin forma. El músculo que no encuentra peso se atrofia. El alma que no encuentra obstáculo se disuelve.

Amor fati no es dialéctica. No dice: ama tu destino porque te lleva a algo mejor. Dice: ama tu destino, punto. Incluyendo lo que no va a ningún lugar. Incluyendo lo que no prepara ninguna síntesis. El eterno retorno es precisamente la destrucción de toda teleología: ¿querrías vivir esta vida exacta, con estos dolores exactos, infinitas veces? No porque lleve a algo: porque no lleva a nada. Porque es lo que es. Solo quien puede decir sí a eso ha escapado de la trampa idealista.

La felicidad, para Nietzsche, no es el fin sino el subproducto de una vida que se despliega hacia algo. "La felicidad es el sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia está siendo superada." No la ausencia de lucha: la lucha misma cuando se va ganando. Quien busca eliminar la resistencia para ser feliz destruye la condición misma de la felicidad que busca. Es la paradoja que la industria del bienestar nunca entenderá porque no puede entenderla: vende la eliminación de exactamente aquello que hace posible lo que promete.

Frankl llegó a la misma herejía por otro camino, no por la filosofía del martillo sino por Auschwitz. Allí, donde el utilitarismo revela su obscenidad total (¿cómo "maximizas placer" en un campo de exterminio?), Frankl descubrió algo que ninguna técnica de bienestar puede tocar: quien tiene un por qué soporta cualquier cómo.

No sobrevivieron los más fuertes físicamente. No sobrevivieron los más optimistas: esos se quebraron cuando sus esperanzas no se cumplían. Sobrevivieron quienes tenían algo por hacer: un libro por escribir, un hijo por encontrar, un testimonio por dar. El sentido no eliminaba el sufrimiento; lo hacía soportable. Y más que soportable: lo convertía en material. La diferencia entre sufrir en vano y sufrir por algo es la diferencia entre ser destruido y ser forjado.

Pero aquí está lo crucial, lo que la cultura terapéutica pervierte sistemáticamente cuando cita a Frankl en sus seminarios de motivación: él nunca dijo que el sentido produjera felicidad. Dijo que la felicidad no puede ser perseguida. "Happiness cannot be pursued; it must ensue." Debe resultar de otra cosa. El sentido no es una técnica para lograr bienestar; es aquello que hace que el bienestar deje de importar. Frankl no buscaba ser feliz en Auschwitz. Buscaba sobrevivir para testificar. La felicidad, si vino, vino después y de costado, como efecto secundario de haber vivido para algo más que vivir.

La herejía que Nietzsche y Frankl comparten es esta: la vida no es un problema a resolver sino una tensión a sostener. El que busca eliminar la tensión elimina la vida misma. El utilitarista, el protestante ansioso, el hegeliano pacificado: todos quieren llegar a un estado final donde el conflicto cese. Nietzsche y Frankl saben que ese estado tiene un nombre: muerte. Mientras vivas, lucharás. La única pregunta es si lucharás por algo que valga la pena o si gastarás tu fuerza huyendo de la lucha misma.

Post-estructuralismo y filosofía continental para un mundo post-feliz

Bataille entendió algo que la tradición utilitarista es estructuralmente incapaz de ver: la vida no es acumulación sino gasto. Su concepto de dépense (gasto improductivo) dinamita la premisa fundamental de Bentham. El utilitarista imagina la existencia como una cuenta bancaria hedónica: ingresas placer, retiras dolor, el objetivo es morir con el balance más alto posible. Bataille ve esto como una obscenidad, una castración metafísica.

Mira el sol, dice Bataille. El sol no acumula: irradia. Gasta sin retorno, sin cálculo, sin esperar nada. Y toda la vida en la Tierra existe gracias a ese gasto insensato. Hay en el universo un exceso fundamental, una "parte maldita" que no puede ser reinvertida productivamente y que debe gastarse: en fiesta, en erotismo, en sacrificio, en guerra, en arte que no sirve para nada. Las civilizaciones que intentan reprimir este gasto, que quieren convertir todo en inversión y rendimiento, terminan explotando de maneras mucho peores. La energía excedente, si no se gasta en esplendor, se gasta en catástrofe.

La industria de la felicidad es exactamente esta represión del gasto. Convierte la vida en gestión, en optimización, en economía restringida del bienestar. Medita para ser más productivo. Haz ejercicio para rendir mejor. Duerme bien para funcionar. Todo placer justificado por su retorno, todo goce convertido en inversión. Pero la vida que solo se conserva no es vida: es muerte aplazada. El que nunca gasta, el que nunca se arriesga, el que nunca se quema por algo inútil y glorioso, ese ya está muerto aunque respire. Bataille no propone la felicidad ni su opuesto: propone el incendio. La vida como combustión, no como contabilidad.

Mark Fisher, décadas después, diagnosticó el mecanismo preciso por el cual la trampa se cierra. Lo llamó "privatización del estrés." El neoliberalismo no necesita reprimir la infelicidad con policía ni con soma: basta con convertirla en patología individual. ¿Estás deprimido? Es tu química cerebral, tu trauma infantil, tu falta de resiliencia, tu déficit de gratitud. Aquí tienes una pastilla, una app, un terapeuta, un coach. Lo que nunca se te permite pensar es que tu depresión podría ser la respuesta correcta a un mundo incorrecto.

Fisher insistía: la depresión no es siempre disfunción. A veces es diagnóstico. El sujeto que mira el mundo contemporáneo: su vaciedad, su aceleración sin sentido, su producción infinita de estímulos que no alimentan nada, y siente que algo está profundamente mal, ese sujeto no está enfermo. Está lúcido. Pero la máquina terapéutica existe precisamente para impedir esa conclusión. Si el problema eres tú, entonces la solución también eres tú: autoayuda, autocuidado, autooptimización. El sistema queda intacto. El malestar se gestiona en privado, caso por caso, sin jamás convertirse en pregunta política.

Aquí se revela la función ideológica de la felicidad obligatoria. No es solo que te quieran contento: es que tu descontento, si se expresara colectivamente, si se reconociera como respuesta legítima a condiciones ilegítimas, sería peligroso. La infelicidad politizada es combustible revolucionario. La infelicidad privatizada es mercado. Por eso la primera debe convertirse siempre en la segunda. Por eso cada malestar necesita su diagnóstico individual, su tratamiento individual, su solución de consumo individual. Por eso decir "no soy feliz y no es mi culpa" es el primer acto de herejía.

No jugar es ganar

El costo de la herejía es la expulsión. No al exilio físico: eso sería demasiado honesto, sino a una zona gris de ilegibilidad social. El sujeto que rechaza la felicidad como fin no encaja en ninguna categoría disponible. No es el deprimido (ese tiene cura). No es el pesimista (ese tiene argumentos que refutar). No es el cínico (ese secretamente quiere lo que desprecia). Es algo peor: alguien que simplemente no quiere lo que se supone que todos quieren. Y eso no se perdona.

La máquina terapéutica no tiene protocolo para quien dice: no estoy roto, no necesito reparación, no quiero tu felicidad. Solo puede traducirlo a sus categorías: resistencia, negación, patología aún no diagnosticada. El DSM se expande cada año no porque descubramos más enfermedades sino porque el rango de lo normal se estrecha. Cada forma de estar en el mundo que escape a la optimización productiva necesita su etiqueta, su código, su tratamiento. El salvaje debe ser civilizado o al menos clasificado.

Pero aquí está la grieta en el sistema: no puedes curar a quien no se considera enfermo. No puedes vender soluciones a quien no reconoce el problema. No puedes gobernar a quien no desea lo que ofreces como recompensa ni teme lo que amenazas como castigo. El sujeto que ha dejado de perseguir la felicidad se vuelve opaco al poder, inasible. ¿Con qué lo sobornamos? ¿Con qué lo amenazamos? Ha salido del juego. No juega mal. No juega.

Este es el rebelde contemporáneo. No el que protesta en las calles (eso está permitido, canalizado, convertido en espectáculo y mercancía). No el que vota por opciones radicales (el sistema las absorbe o las destruye). El rebelde es el que ha retirado su inversión libidinal del juego completo. El que no quiere el premio. El que mira la zanahoria y el palo y dice: no me interesa tu zanahoria y no me asusta tu palo. Tengo algo que hacer y no tiene nada que ver contigo.

Este sujeto es salvaje en el sentido preciso: no ha sido domesticado. La domesticación opera mediante el deseo: te hace querer lo que el amo quiere que quieras. El perro domesticado busca la aprobación del dueño. El humano domesticado busca la felicidad que el sistema define, mide y vende. Pero el salvaje tiene sus propios fines, irreducibles, no negociables. No odia la felicidad, simplemente le resulta irrelevante. Está ocupado en otra cosa.

¿Y qué es esa otra cosa? No hay respuesta general. Eso es precisamente lo que la herejía preserva: la singularidad del proyecto. Puede ser crear una obra. Puede ser sostener una lucha. Puede ser testificar algo que nadie más ve. Puede ser arder. Lo que sea, es suyo, elegido, no asignado por el catálogo de bienestar. Frankl tenía su libro por escribir. Nietzsche tenía su filosofía del martillo. Bataille tenía su sol que irradia sin esperar retorno. Ninguno preguntó si eso los hacía felices. La pregunta les habría parecido obscena, una interrupción.

El sistema odia a este sujeto no porque sea peligroso en el sentido convencional: no pone bombas, no organiza revueltas, sino porque es contagioso. Su mera existencia demuestra que se puede vivir de otra manera. Que la felicidad obligatoria es obligatoria solo para los que aceptan la obligación. Que el emperador está desnudo. Cada vez que alguien lo ve vivir, arder, y no quebrarse, una pequeña grieta se abre en la hegemonía del bienestar. Por eso debe ser patologizado, aislado, explicado. Por eso no puede permitirse que su rechazo sea simplemente eso: rechazo. Debe ser síntoma de algo, déficit de algo, falta de algo. Nunca exceso. Nunca lucidez. Nunca elección.

No caer en una trampa por salir de otra

Pero el salvaje no es el destino. Es el primer paso.

Hay que decirlo con claridad porque la trampa individualista está siempre abierta, esperando convertir la herejía en otro producto de consumo: el rebelde como marca personal, la resistencia como estética, la singularidad como nicho de mercado. El sistema sabe absorber incluso a sus desertores. Les da un lugar en el catálogo: el inconformista, el alternativo, el que va contra la corriente. Otra identidad más para vender.

El salvaje que describo no es eso. No es el individuo como fin, como ideología, como celebración liberal del yo contra todos. Es algo más modesto y más radical: el que se sustrae primero porque no hay otra manera de empezar.

Mira el paisaje. La colectividad disponible ya está capturada. El activismo tiene sus formularios, sus hashtags, sus formas permitidas de indignación que no indignan a nadie. La protesta es espectáculo programado: se anuncia, se marcha, se tuitea, se vuelve a casa. Los movimientos se convierten en ONGs, las ONGs en burocracia, la burocracia en gestión del malestar que nunca amenaza nada. Hasta la revolución tiene marca registrada. Unirse a lo colectivo hoy, sin más, es unirse a formas ya domesticadas de resistencia. Es cambiar una trampa por otra.

Por eso el primer movimiento tiene que ser solo. No por amor a la soledad: la soledad es el costo, no el premio. Sino porque necesitas salir del juego completamente antes de poder encontrar a otros que también hayan salido. La comunidad genuina no se forma sumando individuos domesticados; se forma cuando los que se han sustraído se reconocen. Primero el éxodo, después el encuentro. Primero demostrar, aunque sea solo ante ti mismo, que se puede vivir fuera de la trampa. Después, quizás, mirar alrededor y descubrir que no estás tan solo como parecía.

Esta es la diferencia entre el rebaño y la comunidad. El rebaño se forma por agregación de los que quieren lo mismo que el sistema les enseñó a querer: seguridad, comodidad, felicidad gestionada. La comunidad se forma por reconocimiento entre los que han dejado de querer eso. El rebaño no necesita que sus miembros se vean; basta con que caminen en la misma dirección. La comunidad requiere encuentro real: tú también saliste, tú también ardes, tú también tienes algo que hacer que no tiene nada que ver con el premio que ofrecen.

No abogo por un mundo de salvajes aislados, cada uno ardiendo en su rincón. Eso sería otra derrota, otra forma de impotencia. Abogo por entender que, en este mundo tan individualizado que ha convertido incluso la colectividad en producto, el individuo que primero se sustrae no es el problema: es la condición de posibilidad. No puedes formar comunidad verdadera con gente que todavía está en el juego, que todavía quiere la zanahoria, que todavía cree que la felicidad es el fin. Solo puedes formar comunidad con los que ya no creen. Y para no creer, primero tuviste que dejar de creer solo, en silencio, sin permiso de nadie.

El salvaje es el comienzo. Lo que venga después, si viene, será otra cosa: manada, tribu, conspiración de los que arden. Pero no se llega ahí sumando domesticados. Se llega encontrando, uno por uno, a los que ya se fueron.

Estar vivo de verdad

El salvaje sabe lo que es. No necesita validación, ni del sistema ni de su negación. No construye identidad en la oposición: eso seguiría siendo dependencia. Simplemente vive hacia su fin, con la indiferencia del sol hacia lo que su luz ilumina o quema. No contra la felicidad: más allá de ella. En ese más allá hay lucha, hay creación, hay sentido. Hay una vida que no pide permiso para doler ni se disculpa por arder.

La herejía no es una posición teórica. Es una forma de estar vivo. Y el costo: la incomprensión, la soledad, la sospecha constante de los domesticados, es simplemente el precio de no estar muerto mientras respiras.